Tipos de cambio fijos y flexibles

Tipos de cambio fijos y flexibles

Palaute

Se argumenta que un sistema de tipo de cambio flexible (1) no requerirá la deflación para restablecer el equilibrio de la balanza exterior y, por tanto, no infringirá la autonomía nacional, (2) no impondrá mayores costes al sector del comercio exterior y (3) proporcionará la necesaria contención monetaria internacional. Este documento argumenta que el ajuste bajo un sistema de tipo de cambio fijo o flexible dará lugar a una recesión económica y que, como tal, los tipos flexibles no proporcionan un aumento de la autonomía económica nacional. Se exponen las diversas fuentes de aumento de los costes en las transacciones internacionales atribuibles al sistema de tipos de cambio flexibles. El autor señala la evidente falta de restricción monetaria que ha prevalecido bajo ambos sistemas. El documento concluye con un debate sobre el posible papel futuro del Fondo Monetario Internacional y/o del oro para lograr la necesaria contención.

Gráfico de tipo de cambio fijo y flexible

Un tipo de cambio fijo, a menudo llamado tipo de cambio vinculado, es un tipo de régimen cambiario en el que el valor de una moneda es fijado o vinculado por una autoridad monetaria frente al valor de otra moneda, una cesta de otras monedas u otra medida de valor, como el oro.

El uso de un sistema de tipo de cambio fijo tiene ventajas y riesgos. Un tipo de cambio fijo suele utilizarse para estabilizar el tipo de cambio de una moneda fijando directamente su valor en una proporción predeterminada con respecto a una moneda (o monedas) diferente, más estable o de mayor prevalencia internacional a la que está vinculada la moneda. De este modo, el tipo de cambio entre la moneda y su vinculación no varía en función de las condiciones del mercado, a diferencia de lo que ocurre en un régimen de cambio flotante (flexible). Esto hace que el comercio y las inversiones entre las dos zonas monetarias sean más fáciles y predecibles, y es especialmente útil para las pequeñas economías que se endeudan principalmente en moneda extranjera y en las que el comercio exterior constituye una gran parte de su PIB.

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Moneda flotante

Existe la presunción de que los sistemas de tipo de cambio fijo y flexible (flotante o determinado por el mercado) son equivalentes si los precios son flexibles. Demostramos que esta presunción no se cumple en dos modelos de dinero que coinciden. En ambos modelos, (i) las monedas son los únicos activos y todo el comercio es al contado; (ii) las operaciones que determinan directamente el bienestar se producen en reuniones por parejas entre compradores y vendedores; y (iii) la sustituibilidad imperfecta (incluyendo, como caso especial, la no sustituibilidad) entre monedas es una consecuencia del protocolo de negociación en esas reuniones. Los dos modelos son variantes del modelo de Lagos-Wright (2005) y difieren en cuanto al momento en que se producen los choques en relación con las oportunidades de comercio centralizado. Una versión tiene una franja especulativa. En ella, el único equilibrio estacionario (monetario) bajo el régimen de tipo de cambio fijo es uno de un continuo de equilibrios bajo un régimen de tipo de cambio flexible. La otra versión no tiene flecos especulativos. En ella, hay un único equilibrio estacionario (monetario) bajo cada régimen de tipo de cambio y son diferentes.

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Ventajas e inconvenientes de los tipos de cambio fijos y flexibles

Un tipo de cambio fijo denota un tipo de cambio nominal establecido firmemente por la autoridad monetaria con respecto a una moneda extranjera o a una cesta de monedas extranjeras. En cambio, un tipo de cambio flotante se determina en los mercados de divisas en función de la demanda y la oferta, y suele fluctuar constantemente.

Un régimen de tipo de cambio fijo reduce los costes de transacción que implica la incertidumbre del tipo de cambio, que podría desalentar el comercio y la inversión internacionales, y proporciona un ancla creíble para una política monetaria de baja inflación. Por otro lado, la política monetaria autónoma se pierde en este régimen, ya que el banco central debe seguir interviniendo en el mercado de divisas para mantener el tipo de cambio en el nivel fijado oficialmente. La política monetaria autónoma es, pues, una gran ventaja de un tipo de cambio flotante. Si la economía nacional entra en recesión, es la política monetaria autónoma la que permite al banco central impulsar la demanda, “suavizando” así el ciclo económico, es decir, reduciendo el impacto de las perturbaciones económicas sobre la producción y el empleo nacionales. Ambos tipos de régimen cambiario tienen sus pros y sus contras, y la elección del régimen adecuado puede diferir para los distintos países en función de sus condiciones particulares. En la práctica, existe una gama de regímenes cambiarios que se sitúan entre estas dos variantes extremas, ofreciendo así un cierto compromiso entre estabilidad y flexibilidad.

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